EL LÍDER EN EL MUNDO POST-MODERNO

Introducción

Para nadie es un secreto que la cultura contemporánea ha llegado a un punto tal que inclusive a las instituciones más respetadas e incuestionadas del pasado, difícilmente se le acreditan sus declaraciones sin pasar por el ojo escrutador de un sinfín de escépticos anónimos. Semejante situación es experimentada por órganos gubernamentales como la Agencia Central de Inteligencia de los EE.UU. (CIA, por sus siglas en inglés), sumamente prestigiosa en el pasado, pero hoy víctima de la desconfianza y de los cuestionamientos del pueblo americano. Así lo registra la siguiente declaración:

El director de la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU., John Brennan, reconoció la desconfianza que siente la opinión pública estadounidense hacia los organismos de Inteligencia de ese país, […]
"Ciertamente creo que tener la confianza del público haría que todos nuestros trabajos sean mucho más fáciles y mejores", aseveró el jueves Brennan en una conferencia de Inteligencia...


Un panorama igual de desalentador debe enfrentarse en el ámbito religioso.

Curiosamente, los creyentes, aquellos que tienen la capacidad de aceptar sin ver, han olvidado
este principio espiritual para evaluar con mayor rigurosidad el devenir eclesiástico:

Según la reciente encuesta de la Fundación BBVA sobre las actitudes sociales de los españoles, las instituciones en las que estos menos confían son las multinacionales, la Iglesia Católica y el Gobierno. Los titulares de muchos medios subrayaron, de entre los múltiples aspectos del extenso estudio, el suspenso a la Iglesia, enriquecido por la paradoja de que en el 74,1 % los encuestados se declaraban católicos.

Así, el presente panorama cultural en el cual la iglesia de Cristo debe cumplir su misión no es el más afectuoso, por el contrario, el ambiente resulta ser de tal manera hostil para cualquier movimiento religioso formal, que el liderazgo eclesiástico ha optado por conformar la doctrina cristiana, aquella que en otrora parecía incontrovertible, a las costumbres y prácticas de este mundo ignorando, consciente o inconscientemente, el consejo paulino: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:1).
Pero no solo es un problema de carácter institucional, pues los cimientos doctrinales del cristianismo también están siendo objeto de una evaluación mordaz, acatando así el valor de lo religioso y rezagando las creencias fundamentales al plano de un presunto fanatismo. Así lo analiza Wallenkampf (1988) cuando escribe:

La orientación vertical o religiosa del hombre prácticamente ha desaparecido. En vez de hablar de pecado, con sus implicaciones de responsabilidad moral, usamos expresiones tales como alienación, separación, aislamiento, falta de ajuste, falta de significación, quebranto, estar perdido. Tendemos a echar la culpa de la delincuencia personal y el crimen a la herencia, las condiciones sociales, la ignorancia y, en forma particular, a las condiciones económicas. Los modernos rara vez interpretan sus condiciones teniendo en cuenta a un creador y sustentador personal de un universo moral. Para el hombre, el culpable rara vez es él mismo.
Una declaración aún más alarmante es la que ofrece White (1967) cuando se refiere al valor de la Biblia para el hombre contemporáneo:

Oscuridad espiritual ha cubierto la tierra y densas tinieblas a las gentes. Hay escepticismo e incredulidad en muchas iglesias en cuanto a la interpretación de las Escrituras. Muchos, muchísimos, ponen en duda la veracidad y verdad de las Escrituras. El razonamiento humano y las imaginaciones del corazón humano están socavando la inspiración de la Palabra de Dios, y lo que debiera darse por sentado está rodeado con una nube de misticismo. Nada es claro, nítido e inamovible. Esta es una de las señales distintivas de los últimos días.

Algunos han intentado definir este inhóspito ambiente, cargado con una enorme dosis de escepticismo y alimentado continuamente por suspicacias a todo lo trascendente, como secularización producto del modernismo (para muchos, ya extinto) y prolongado hasta el posmodernismo (para muchos, presente hoy). Y es en este ambiente en el que debe surgir un líder contemporáneo.
No es para nada halagüeña la responsabilidad que los líderes de esta época deben sortear, máxime cuando el Zeitgeist parece contrario a las orientaciones religiosas, y aun cuando las figuras de autoridad, con su necesaria habilidad de hacerse notar por encima de los demás, también son cuestionadas.

El líder espiritual y la nueva espiritualidad

Muy a pesar de todos los conceptos exclusivamente racionalistas que el modernismo sembró en la mente del hombre de su época, donde se pretendía erradicar los sistemas religiosos y el sentido de lo trascendente a partir del ejercicio de la razón que no daba cabida a estos, el posmodernismo ha traído consigo una renovada espiritualidad con una alineación de carácter panteísta:

La sociedad posmoderna deambula entre un agnosticismo heredero del ateísmo con que se cerró la modernidad y un neopanteísmo que rebrota como base de una nueva religiosidad. Es agnóstica, decimos, porque tiene un fuerte barniz de tolerancia religiosa que se asienta en la indiferencia; para el ateo de alguna manera Dios debe seguir existiendo, al menos como enemigo. Neopanteísta, porque en ciertos aspectos hay en la conciencia posmoderna una búsqueda de lo sagrado que se encuentra en la sacralización de sí.

En esta nueva espiritualidad, que en verdad no es otra cosa que la reedición de antiguas espiritualidades orientales, la sociedad posmoderna elabora una antropología religiosa en la cual el ser humano busca un reencuentro consigo mismo, elaborando métodos para encontrar a Dios en la sacralización del yo.

Wells (2005) corrobora esta visión de la nueva espiritualidad de occidente diciendo que “En el momento posmoderno en el cual vivimos, aquellos que miran dentro de sí mismos no necesariamente se apartan de lo sacro. Por el contrario muchos son creyentes de lo sagrado y lo persiguen dentro de sí mismos”. Pero el mismo autor ratifica que esa búsqueda espiritual es de carácter antropocéntrica cuando dice que “No buscan al Dios de la religión cristiana, quien es trascendente, […] Más bien es el dios interior, el dios que se encuentra en el yo y en quien el yo se sostiene.”

Este pensamiento trae consigo la sublimación de la naturaleza, como lo señala Wolny (1998):

La organización Green Peace dispone de sus propios medios económicos, barcos, aviones, publicidad… Parece que esto revela algo importante. No es solamente el instinto de supervivencia de una sociedad que se siente amenazada por el desarrollo de la época moderna. El Narciso postmoderno se contempla así mismo y descubre que él es un elemento de la naturaleza. La ventana de sí mismo le enseña el universo. De ahí la necesidad de sintonizar con él, de armonizar.

Un fenómeno adicional que se percibe en esta nueva religiosidad surge a manera de respuesta en la búsqueda por lo trascendente. El hombre posmoderno busca, en medio de las dificultades, soluciones que manen de su interior antes que pensar en una fuerza o poder externo y ajeno a él, lo que hace que la religiosidad se vea supeditada a un solo ser, el yo, por ende los sistemas religiosos son cuestionados y, desde la perspectiva posmodernista, deben o desaparecer o unificarse:

Lo rescatable de la religión y aún de la mística para el mundo de hoy debe ser visto en algunos elementos que son comunes a todos los credos y que han estado inextricablemente unidos a un concepto profundo de lo teológico: el respeto absoluto de la vida, el mandamiento del amor y la ética de la reciprocidad […] solidaridad con el sufrimiento […] la dimensión de la esperanza es tan característica del ser humano como la noción de libertad, y ambas permanecen en el campo de la razón práctica.

Se suma además el concepto de que la religión como un sistema unificado bajo criterios comunes a todas las creencias debe alcanzar a aquellos “parias” de la sociedad. Ante un panorama tan poco alentador se encuentra el líder espiritual, confrontando una espiritualidad sin divinidad, una religiosidad sin comunidad y un humanismo sin salvación.

El líder espiritual y su tarea

Indefectiblemente del contexto cultural o histórico en el que se encuentre, el líder espiritual ha de cumplir con una responsabilidad que trasciende las culturas, los tiempos y las épocas a fin de guiar a un pueblo indistinto a una salvación ofrecida gratuitamente por Cristo al morir en la cruz. Tal responsabilidad está principalmente delineada en Ezequiel 44: 23 así: “Y enseñarán a mi pueblo a hacer diferencia entre lo santo y lo profano, y les enseñarán a discernir entre lo limpio y lo no limpio”. Este loable compromiso se hace plausible en la medida que su cumplimiento mantenga al cristiano dentro de la línea de la salvación. Desafortunadamente para el entorno posmoderno en el que el pueblo de Dios debe moverse, el discernimiento entre lo bueno y lo malo es subjetivo y está sesgado a realidades exclusivamente religiosas. Wolny (1998) acota con relación al sentir posmodernista diciendo: No existe la historia, porque no hay ningún proceso lógico, progresivo, moderno en el desarrollo de la humanidad; hay solo historias parciales, acontecimientos que se cruzan entre sí como las partículas en el movimiento browniano (Lyotard). Para el hombre postmoderno no hay grandes verdades, no dogmas universales. La verdad es aquí, ahora y para mí. [El énfasis fue añadido] Considerando esto, el líder espiritual no solo debe enseñar al pueblo de Dios inmerso en el mundo actual, a discriminar entre lo bueno y lo malo, más aún, el líder espiritual debe enseñar que existe lo bueno y existe lo malo, conceptos cuestionados por el movimiento posmodernista y que indubitablemente ha permeado el pensamiento religioso. Además de las limitaciones que impone el contexto posmodernista y la constante secularización que ha alcanzado la iglesia cristiana, el líder espiritual debe esforzarse por dar un mensaje de denuncia y de alarma a un mundo que más temprano que tarde verá destrucción: A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su sangre yo la demandaré de tu mano. Y si tú avisares al impío de su camino para que se aparte de él, y él no se apartare de su camino, él morirá por su pecado, pero tú libraste tu vida. (Ezequiel 33: 7-9) El perentorio mensaje que debe dar el líder espiritual puede ser asumido con toda la responsabilidad e importancia, puede alertar con la mayor disposición y puede además “tocar la trompeta” con toda la fidelidad a fin de que el mundo conozca lo que ha de acontecer, pero el oyente posmoderno parece estar sumido en el presente y no le resulta de mucha importancia lo que pueda suceder a futuro. “La actuación del hombre postmoderno está centrada en el momento presente, en lo inmediato, en lo que ahora puede llamar su atención, satisfacerlo y saciarlo”. Además de su incapacidad de pensar en lo venidero, los prejuicios contra los sistemas religiosos hacen que sea casi que insostenible el mensaje de alerta: La mayoría de las teorías contemporáneas que representan en el fondo unos ejercicios de exégesis antropológica, no reconoce a la religión como un fenómeno de derecho propio y de valor en sí mismo, sino, en el mejor de los casos, como un esquema cognitivo e histórico que anticipa el desarrollo de la racionalidad moderna o que posee las funciones muy prácticas de integrar a los miembros dispersos de la sociedad mediante la reducción de la complejidad y la superación de la contingencia, dotando a la comunidad de un sentido y exonerándola de miedos y dudas. Es entonces inevitable la realización de ciertos cuestionamientos que además de lógicos son necesarios en favor de un liderazgo efectivo en el mundo contemporáneo: ¿Cómo se mantendrá a la iglesia en la lid por su salvación? ¿De qué manera intervenir en la cosmovisión del hombre posmoderno con el propósito de persuadirlo a fin de que acepte el evangelio de Cristo? ¿Cuál debe ser la actitud del líder espiritual frente al entorno cultural en el que se encuentra la iglesia? ¿Existe alguna manera de emplear el pensamiento posmoderno en favor del ejercicio del líder espiritual? Estas y otras más son preguntas que deben ser resueltas por el líder espiritual para que su tarea tenga el fruto esperado en este tiempo de oportunas decisiones.

Frente a tantos retos que debe enfrentar el líder, ¿cuál sería la forma más adecuada de proceder? En este contexto, el líder eclesiástico será, en la medida que siga empleando los métodos tradicionales para pastorear su rebaño y para alcanzar a los perdidos, aquel llamado para guiar sin capacidad de convocación, un pastor sin rebaño, un predicador sin audiencia. Así lo asume Norton (2010) al decir: Uno de los errores más comunes en la evangelización de personas que no conocen el cristianismo tradicional, es asumir que con solo la predicación de las creencias cristianas, las personas serán persuadidas; pero el evangelio debe predicarse con el ejemplo. La gran comisión con frecuencia se ha convertido en la gran omisión, la omisión de un evangelismo ejemplificado en la vida del evangelista. Algunos han propuesto métodos sacados del mundo empresarial para llegar al hombre posmoderno: En efecto, la cultura, en cierto modo, determina el perfil del líder requerido por cada sociedad u organización y, simultáneamente, el líder puede superarlas y modificarlas mediante una práctica creadora; Su acción surge de una cultura donde va a tratar de expresar, exteriorizar y pronunciar sus ideas a través del lenguaje –como elemento de esa cultura- y es en el seno de esa cultura donde el liderazgo se ha ido movilizando. Existen otros que en su afán de seguir vigentes han rebajado el carácter sagrado de las realidades espirituales conciliando el espíritu de la época con métodos muy poco ortodoxos y, para algunos, excesivamente liberales que a la postre convierten la liturgia en un espectáculo y el servicio de adoración en un producto elaborado con alguna estrategia del Marketing. La siguiente ola de programas de evangelismo fueron los “servicios de búsqueda” modelo desarrollado por muchas iglesias, especialmente las grandes, que incluye música moderna, teatro y reuniones innovadoras. Es demasiado pronto para decir que esta metodología está terminada, pero los ministros más jóvenes y los líderes suelen decir que es demasiado pronto para que la gente de una atmósfera tradicional, burguesa y todavía obsesiva con la religión decida un cambio. Pero esta “conformación” no es para nada saludable ya que, analizando las líneas anteriores, se estarían aceptando de manera sutil las concepciones neopanteístas que aparecen inmersas en el pensamiento posmoderno. Por esa razón, el líder espiritual debe ser alguien que resalte en integridad bajo cualquier circunstancia, como señalaría White (1974): La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos. Es que es precisamente en un ambiente semejante donde el líder espiritual debe marcar diferencia en comparación con otro tipo de líderes que emergen en esta sociedad. Resulta ser justo en tales circunstancias donde la espiritualidad de un líder religioso debe aflorar por encima de las habilidades personales y las estrategias humanas. Así lo dice MacArthur (2006): Note que Jesús expresamente estaba enseñándole a los cristianos a mirar el liderazgo de una manera diferente y desde un punto de vista radicalmente distinto al que tienen los líderes de este mundo. Es absurdo que los cristianos asuman (como lo hacen muchos actualmente) que la mejor manera en que pueden aprender de liderazgo es por medio de ejemplos del mundo […] cada cristiano en cualquier tipo de liderazgo es llamado a ser un líder espiritual. La clave entonces para un liderazgo exitoso en un mundo que cuestiona los grandes relatos, la revelación y las instituciones, un mundo posmoderno excesivamente antropocéntrico y desprovisto de pasión por el devenir, es la espiritualidad. Las circunstancias del mundo lo requieren así, aún más entendiendo que como consecuencia del ambiente cultural soberano en el mundo actual, el liderazgo en la iglesia de Dios ha venido modificándose hacia las formas empresariales en detrimento de los métodos espirituales, desvirtuando la figura mística que le entregaba credibilidad al dirigente religioso y demostrando que el pueblo, al igual que en los tiempos de Jesús, permanece desamparado y disperso “como ovejas que no tienen pastor”. Razonando a partir de esto conviene pues entender cómo es un líder espiritual, definición puntualizada acertadamente por Arrais (2011) al decir que “Un líder espiritual es aquel que desea ser dirigido por el Espíritu de Dios. Él no solamente dirige a otros, sino que también le permite a Dios que lo dirija a él. Permite que Dios le infunda un nuevo corazón, una nueva vida, motivaciones, deseos, visión y valores”. El imperativo de ser espiritual se convierte en una urgencia del líder eclesiástico si desea cumplir la tarea enmarcada y si desea impactar la sociedad contemporánea más allá de lo que la más optimista imaginación pueda pensar. Pero esta espiritualidad no es solo un asunto etéreo, imperceptible de manera concreta a los ojos de los liderados, sino que se expresa de una forma tan particular que rompe todos los paradigmas del liderazgo organizacional. Así lo dice quien es el máximo modelo de liderazgo espiritual. Jesucristo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. El liderazgo se manifiesta mediante un servicio altruista, amante y desprovisto de orgullo, el mundo actual se alcanza no con sermones reiterados sino con acciones de amor tal como lo hizo Jesús. Sumado a esto, Arrais (2001) propone otras formas adicionales en las que se demuestra la espiritualidad de un líder: Reconciliador y pacificador en momentos de conflicto. Confiabilidad. Integridad. Misericordia hacia los demás sin emitir juicio. Buena reputación. Optimismo. Tacto. Entrenador. Soñador. Amante.

Conclusión

Es de suma trascendencia la dependencia de Dios que debe tener el líder espiritual a fin de hacer frente de manera efectiva a los retos que ofrece el contexto social actual, pues es solo mediante la presencia del Espíritu Santo que se alcanzará de manera contundente a quienes, inmersos en una cultura posmoderna, deben formar una cosmovisión cristiana que revele claramente la infinita belleza del carácter de Cristo y la veracidad de su evangelio. El líder no puede depender de su habilidad personal, ni de sus cualidades innatas para alcanzar a los hombres. Siendo este un reto tan grande en esta generación, las metodologías humanas contemporáneas, producto del mismo ambiente posmoderno, fracasarán irremediablemente. La presencia de Dios en el corazón del líder, esa misma presencia que lo llevará a manifestar actos de amor a través de un liderazgo servidor, hablará a una iglesia y a su entorno posmoderno más elocuentemente que mil sermones. “Y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia”.

Andres Yamid Bernal Martinez